La fiebre amarilla es una enfermedad
aguda, infecciosa, producida por un virus perteneciente
al género Flavivirus.
El hombre contrae la infección como consecuencia
de la picadura de un mosquito infectado, el cual pertenece
al género Aedes aegypti. Los virus son inyectados
a nivel del tejido celular sub- cutáneo y, luego
de reproducirse localmente, se disemina por todo el
organismo al alcanzar el sistema circulatorio.
En América, la infección se encuentra
controlada gracias a los esfuerzos realizados para erradicar
a los mosquitos y con el desarrollo de una vacuna; aunque
en algunas regiones selváticas se han registrados
algunos casos.
Se la encuentra en las regiones tropicales y en todo
el continente Americano, en donde la cantidad de casos
notificados se ha incrementado marcadamente como consecuencia
de la aparición de brotes epidémicos en
Africa con un elevado número de muertes.
Su incidencia mundial es de aproximadamente 1000 personas
por año notificadas oficialmente (se cree que
la verdadera podría ser de 200 veces mayor),
de las cuales el 15 al 20% fallece.
Puede presentarse de muy variadas formas, desde manifestaciones
clínicas leves hasta un cuadro mortal.
Posee un período de incubación de tres
a seis días, tras el cual comienza el periodo
de infección caracterizado por escalofríos
y fiebre elevada; dolores musculares, de cabeza y lumbares
intensos, la cara adquiere una coloración roja
por aumento del flujo sanguíneo molestias en
los ojos y rechazo a la luz. Este es el periodo en el
cual los virus se diseminan por la sangre (viremia),
el cual dura entre tres y cinco días. Posteriormente
se produce una remisión transitoria del cuadro
que dura alrededor de 24 a 48 horas. Finalmente sobreviene
el periodo de intoxicación, en el que hay un
incremento de los síntomas anteriores: la piel
y las mucosas se pigmentan de un color amarillento (ictericia),
eliminación de sangre por la boca y con las heces,
vómitos de color negro, en las mujeres hay pérdidas
de sangre no relacionadas con el periodo menstrual.
Posteriormente estas personas se deshidratan; su presión
arterial disminuye notablemente, hay aumento de la frecuencia
cardíaca y entran en shock y/o coma. La mortalidad
de la fiebre amarilla es elevada, sobre todo en las
personas que evolucionan con ictericia. El fatal desenlace
sobreviene entre el séptimo y décimo día
de comenzada la infección.
Como no existe un tratamiento específico para
eliminar los agentes virales, las medidas terapéuticas
consisten en el alivio de los síntomas y prevención
de las complicaciones.
Para el alivio de los dolores de cabeza y para disminuir
la fiebre, el paracetamol es eficaz, no así el
ácido acetilsalicílico (medicamentos tipo
aspirina) que pueden agravar seriamente las hemorragias.
La sedación leve, la correcta hidratación
y la corrección de los desequilibrios de los
electrolitos como sodio, potasio, calcio, etc., son
medidas básicas para prevenir futuras complicaciones.
Las medidas de prevención tendientes a controlar
la fiebre amarilla consisten en la erradicación
de los mosquitos transmisores, mejorar las condiciones
sanitarias y vacunar a las personas que viven en zonas
de riesgo y a aquellas que viajan hacia ellas. Debe
tenerse presente que la vacunación no puede ser
realizada en niños menores de seis años,
embarazadas, personas infectadas con HIV y a las que
presentan deficiencias en su sistema inmunológico.
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